Nullarbor Plain – Semana 2

Si todavía no tuviste la oportunidad de leer la semana 1, puedes hacerlo a través del link:

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Día 8 :

Desde que abrí los ojos se escuchaban las gotas repicar contra la carpa. No había dejado de llover en toda la noche y parecía que no pararía en todo el día. Desayunamos bajo techo y las caras largas anticiparon las pocas ganas de salir. Decidimos esperar un rato. Un rato que se hicieron horas y así pasamos todo el día. Leyendo, escribiendo y de a ratos nos juntábamos bajo el único refugio a conversar. Cerca de las 14 hs. los chicos tuvieron la idea de ir a la gasolinera. Pensaron que el episodio de ayer fue producto de un mal día y fueron con la ilusión de tomar una cerveza sentados en el bar. Yo opté por quedarme solo en el campamento y disfrutar de la situación. Pensé en los astronautas y sus meses enteros en cubiculos pequeños. Sus cenas y el temple que deberían tener. No pasó si quiera una hora y ya estaban de vuelta. Sucedió algo inexplicable. No los dejaron tomar dentro del local y solo podían comprar para llevar. Mientras del cielo caían gotas a montones; sin cerveza, marcharon vuelta al campamento más que enojados. Cenamos arróz con latas y decidimos que el día siguiente nos moveríamos sí o sí. De postre, unas galletitas de chocolate y con ellas el cambio de humor. Nos fuimos a dormir motivándonos. 

Cuando la cara lo dice todo

 Día 9 : 

La Nullarbor con lluvia!

El arranque fue épico. Determinación. Eso fue lo que tuvimos. Mientras desayunábamos la avena nos alentábamos a salir. Seguía lloviendo. Desarmamos todo con una velocidad única. La próxima gasolinera distaba a 66 km.

El pedaleo fue emocionante. Todos estábamos a gusto. Todos mojados . Todo mojado. Llegamos a la meta sin llluvia y los últimos 10 km habían servido para llegar secos.

Felices sonreíamos de la hazaña. Para el festejo de la salida del sol, el movimiento y la actitud, Dani compró una cerveza para cada uno y ordenó un plato de fritas. Mientras hacía el pedido le comentó de la situación pasada los últimos dos días. El hombre se mostró más que interesado y con bolígrafo en mano apuntó toda la queja. Al terminar manifestó que el encargado del local donde nos habían negado sentarnos, no le caía para nada bien. Adelantó que en cuanto podía se lo hacía saber a la dueña. Cuando salió a dejarnos la comida vino con dos platos en vez de uno. Guíño el ojo derecho y más que contentos nos devoramos las papas. El precio del agua en este lugar era mucho más accesible y razonable. 10 litros por 2 dólares. Aprovechamos para cargar las computadoras, baterías y cerca de las 16 salimos de vuelta a la ruta. 20 km con la puesta del sol. Instalados en el lugar, montamos el tarp por si las dudas y cenamos pasta con salsa de tomate. Él hambre que genera el ejercicio hace que la comida sea riquísima. La repetición de las mismas no quitan el sabor . De postre un poco de chocolate para cada uno y acordamos como meta futura unos 70 km. Venimos con buen ritmo y el día fue una montaña rusa en cuanto a lo emocional. Una experiencia hermosa. Al acostarme me tome unos minutos para reflexionar sobre ello. Determinación. 

Agua barata en la Nullarbor, algo difícil de encontrar

Día 10 :

Estar por salir y encontrarnos con un pinchazo nos demoró 30 minutos. El cielo estaba nublado y los ánimos eran buenos. Todos teníamos ganas de pedalear. Salimos cerca de las 8 y sin parar llegamos a la primera meta. 70 km por una ruta increíble.

Los paisajes infinitos de Australia, algo que no deja de sorprendernos

En la gasolinera nos dieron agua caliente gratis que sirvió para cocinar un cous cous con atún y tomate perita. El equipo estaba famélico. La mujer a cargo fue muy amable. Nos dió acceso a los baños y la ducha fue hermosa. Cargamos los equipos y esperamos a que baje la comida y el sol. Situaciones impensadas. Trabajar más que contentos dentro de un baño!   

Las baterías siempre llenas!

Antes de salir cargamos gasolina para la cocina y recordé que no teníamos más sal. Buscando la cocina del lugar me topé con un piano. No pude evitar sentarme a tocar. Compramos una docena de huevos y una loncha de pan. Con la sal en la mano salimos a la ruta. Hicimos una proeza. Nuestros primeros 100 km. El viento encontra no nos importó nada. Estábamos contentos, con energía y el sol estaba arriba. La llegada fue de cuento. Antes de bajarme de la bicicleta un hombre que estaba en su caravana había dejado un burbon con 4 coca-colas. Todos sonreíamos. Felicidad.

No solo por los regalos que nos brinaron. El sacrificio y esfuerzo generan eso. Felicidad. Además del whiskey nos cargó todas las aguas, nos dió papel higiénico, arróz, salmón en lata, porotos en salsa de tomate y un jarrón lleno de maní con chocolate! Cenamos el kilo de arróz con todas las latas obsequiadas y de postre, el chocolate. Dormimos más que a gusto. Realizados.

Día 11: 

El desayuno fue diferente. Teníamos los huevos del día anterior así que los hicimos a la plancha. Dos para cada uno. Maxo se hizo cargo. Si bien la cena de la noche anterior había sido contundente todos quedamos con hambre de más. Una loncha con mantequilla de cacahuete y a encarar la ruta.

Nos propusimos 80 km. Aleix salió como caballo de carrera. Más que motivado con llegar al destino. El resto del equipo fuimos detrás. Paramos a observar un auto abandonado en la ruta. De a poco nos adentramos y de curiosos lo revisamos. Dani sostenía las bicicletas. No quedaba nada. En cuanto decidimos continuar pedaleando cayó un aguacero. Sin aviso. Campera y a cubrir los instrumentos

De a ratos el sol se asomaba entre las nubes y algunas gotas volvían a caer. Los últimos 10 km el viento en contra se puso violento. Estábamos cansados y hambrientos. Llegamos a la meta cerca de las 2 de la tarde con 4 horas y media de pedaleo detrás. Cociné una polenta! En cuanto puse el agua a hervir se acercaron dos coches a nuestro pequeño camping improvisado. En una camioneta viajaba una pareja jóven de alemanes y en la otra un muchacho australiano que su trabajo constaba en llevar la camioneta a la cuidad que se dirigía. Al llegar, regresaría en avión pagado por la empresa. Antes de entablar diálogo saco 4 cervezas frías del baúl. Otra hermosa bienvenida. Mientras brindamos dimos por finalizado el día y luego de charlar unos 15 minutos nos dejaron un kilo de arroz basmati y pan.

De postre, una loncha bien cargada para cada uno

Siguieron ruta y nosotros nos sentamos a comer la polenta. Por la tarde juntamos leña seca, hicimos música y a la noche  encendimos nuestra primer fogata.

 Observar al fuego es algo único. Los cuatro conteplamos la madera arder mientras cenamos arróz con latas de champiñón. Nos fuimos a dormir cansados y contentos. 

Maxo dandose el gusto de grabar a un road train

Día 12: 

Despertamos y aún el cielo estaba oscuro. Ya se anticipaba que iba a ser un día caluroso y con poca sombra. Madrugamos y post desayuno grabamos unas tomas. Algunos planos, un rato de escritura y salimos. A 8 km había un tanque con agua y 2 km más se encontraba una roadhouse.

Un tanque de agua de lluvia en el medio de la nada. Cosas lindas y amigables para el viajero que tiene la ruta Australiana.

A penas subimos el asfalto se presentó un viento poco amigable. En contra y con fuerza. Cargamos agua y salimos para la estación. No necesitábamos nada de ella, pero queríamos parar. Antes de llegar un muchacho chino freno y luego de unas preguntas nos saco una foto. Más que contento nos dio un poco de comida y seguimos ruta. Algunos días suceden estas situaciones y el intercambio es enriquecedor.

Llegue último a la Roadhouse. Tenía muy pocas ganas de pedalear. Estaba cansado mentalmente. Al llegar Dani reparte unas galletitas caseras de chocolate y dando aliento dice ” Un poco de energía para encarar el día que viene duro”. Pasaron los minutos y ninguno alentaba a salir. La pereza se fue contagiando cada vez más.

Ah, recordé! Necesitábamos avena!! Estábamos cortos y aún restaban 8 días para finalizar la ruta. En primera instancia el personal del lugar respondió que no vendían. Habré entrado unas 4 o 5 veces al mostrador sin intención de comprar nada. Hablaba con las dos mujeres que estaban detrás y el muchacho de la cocina. Les contaba mis pocas ganas de salir, sobre el proyecto y mostraba mi interés de quedarme en el lugar. Todas las veces que salía me despedía y todos reíamos. La última entré para regalarles una pegatina. Ellos tenían dos bolsas llenas de copos de avena. La sonrisa se dibujó en mi rostro. Hasta ahora núnca tuvimos problemas de comida. El local nos acogió. Estaba a gusto. La conversación siguió y de pronto surgió la propuesta de que nos quedemos a tocar en el bar por la noche. No hubo oposición. Fue una decisión unánime. Nos dejaban quedarnos en el lugar de acampe. Yo ya contaba con las llaves del baño que siginificaban duchas y electricidad.

Algo es algo. Nos movimos 10 km y como todo, es cuestión de perspectiva si fueron muchos o pocos… A todo esto no eran ni las díez de la mañana. Instalados en el lugar nos regalamos una ducha caliente. Cambiamos la distancia a recorrer por horas de edición y selección de material. Habiendo pasado un tiempo prudente de ocio nos juntamos a organizar las tareas. Ahí entra en el cuento Matthew. Mateo en español. El es del norte de Liverpool, Inglaterra. Entendí que era un boy scout o algo semejante. De por sí que era un aventurero nato. Trabajando en temporadas en parques nacionales por alrededor del mundo llevando gente a escalar, al río a hacer Kayak y a observar pájaros. Portaba un bigote frondoso.

El gran Mathew

Estaba muy atento a la conversación. Comía una bolsa de papas fritas caseras y se tomó un litro de leche helada. Esa era su gasolina. Cuestión; vino a Australia a acompañar a un muchacho a caminar todo el país. Este recauda fondos para la investigación del ACV, ya que sufrió uno hace 4 años cuando tenía 27. Mateo contó que no pudo congeniar con el debido a diferencias en las personalidades y algunas cuestiones éticas. Sin profundizar mucho en la historia contó que se marchó y acordó con su hermana encontrarse en Perth, a 3 mil km de donde se encontraba. Consiguió equiparse casi de manera gratuita y con una bicicleta del súpermercado estaba frente a nosotros disfrutando de su comida. Al rato el hambre se sintió en el equipo y cociné un cous cous. Algunas latas y salsa de tomate.

 

A las cinco de la tarde nos presentamos con Maxo en el bar. Para el primer tema cenaba una pareja de motoqueros y el personal detrás de la barra se mostraba contento. De a poco fue cayendo gente al baile y de pronto me encontraba ebrio y el bar estaba lleno. Todos cantando al unísono clásicos que tocaba un muchacho francés que andaba de paso. Ver y participar de todo el proceso fue tremendo. Nos dieron unas papas fritas. Lo bueno de arrancar temprano fue que no eran ni las 12 y estaban todos fuera y nosotros ordenando las mesas del bar. Nos fuimos a dormir más que contentos. Revolucionamos el bar a través del sonido. 

Día 13: 

Nos despertamos tarde y perezosos. Recién cerca de las 9 am terminamos con el desayuno. Yo tenía resaca y los chicos estaban cansados. Tuvimos una breve reunión matinal y resolvimos quedarnos. Contábamos con electricidad y el día anterior, por diferentes motivos, no nos sentamos a trabajar sobre el material. La devolución de las llaves del baño era el último acto antes de salir a pedalear. Al entregarle las llaves, la encargada me dio una torta para que comieramos de desayuno. “Que tengas lindo viaje y gracias por todo” . “¿ Me quedo con la torta y nos vamos a pedalear o le pido las llaves y devuelvo la torta? ” Tenía ese pensamiento en mi cabeza. 

Por fortuna no hubo problema que nos quedáramos un día más en el estacionamiento y también pudimos comer la torta. Por la tarde fuimos a tocar y no había mucha gente. El staff también sufría las consecuencias de trasnochar así que la tocada no duro mucho. 

Con Dani acomodamos el bar mientras Maxo y el Tito preparaban la cena. Prepararon fideos con salsa y Dani se trajo el postre. Una vez más nos regalaron un generoso pedazo de budín de banana! Nos acostamos súper contentos. El western nos estaba reteniendo y de la mejor manera. Al día siguiente cruzaríamos al estado sur del país. 

Día 14: 

Nos despertamos con ganas de pedalear. Habíamos dejado las bicis lo más listas posibles. El desayuno, como casi todas las mañanas, ya estaba preparado. Desmontamos las carpas y salimos a la ruta. Faltó el comentario sobre la clásica foto con el personal. Después de los saludos y agradecimientos encaramos el asfalto… 

El clima fue perfecto. Un poco de viento a nuestra espalda y algunas nubes en el cielo que de a ratos tapaban un poco al sol. Con casi dos días de descanso apretamos el acelerador y con un promedio cercano a los 30 km por hora paramos a los 55km.

Frente a nosotros se encontraba la única subida y a su final Eucla. Última estación antes de la frontera. Los chicos salieron a pura marcha y yo me quedé 5 minutos a contemplar. Al subirme a la bici me encontré con una situación extraña. La rueda trasera se movía de un lado a otro tocando con el marco. Quiero creer que fue de un momento a otro… Los rayos traseros estaban casi todos flojos y dos de ellos rotos. Desmonte las alforjas y levanté el dedo. 5 minutos después, el tercer auto paró y me auxilió. Cargué la bicicleta en el techo y me acercaron a Eucla donde esperaban los chicos.

No cargamos con las herramientas ni el conocimiento sobre el asunto. Así fue como emprendí la misión de ir hasta la bicicleteria más cercana y volver al grupo. (se encontraba en Port Augusta a 1200 km). En la toma de decisión aparece en escena Steve. Oriundo de Inglaterra se presenta como explorador. Sabía sobre rayos de bici y tenía toda la intención de solucionar el problema pero no contábamos con las herramientas. Cuestión que estaba junto con una productora de televisión. El capítulo era sobre Cuevas en los acantilados de la Nullarbor y Steve era el guía.

Steve el explorador

Así fue como el sonidista del grupo me llevó hasta la frontera a 12 km. (Ahí es donde paran los camiones) Desde pequeño que tuve interés por los programas de supervivencia en la tele. Él se dedicaba hace 20 años a grabar sonido en ese tipo de aventuras. Tiró el telón abajo y me desveló el misterio. “Ellos viajan en primera clase de avión y comen mejor que nosotros… Ustedes son aventureros de veras.”  Me bajé del auto más motivado que desilusionado. Me encontraba en la frontera del país con una linda misión por delante. 

 

Mientras hablaba con todo camionero que veía en busca de un aventón, llegaron los chicos en bici. No pasaron siquiera dos horas y yo ya estaba dentro de un camión. Abrazo grupal y nos vemos cuando nos vemos! 

En el próximo blog contaré todo lo que sucedidó en los 2100 km hechos para arreglar la bici y volver a encontrarme con los chicos.

Camino a Port Augusta a la bicicletería más lejana del mundo!

Escrito por @francobicicleta

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